Entrevistas

5 DE MARZO DE 2026 | PSICOPATOLOGÍA PSICOANALÍTICA

Pensar con rigor, escuchar sin prejuicios

Entrevistamos a José María Álvarez, psicoanalista español, con quien conversamos acerca de la psicopatología y los diagnósticos en el psicoanálisis.

Por Lic. Prof. Carolina Duek
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-¿Cuáles son para Ud. los pilares de la psicopatología?

-Para mí, la psicopatología o psicología patológica es, ante todo, el estudio del pathos. Y en ese estudio —que es siempre una forma de aproximarse al sufrimiento humano, al dolor del alma o al dolor de existir, como se prefiera— hay dos conceptos que considero fundamentales: el sujeto y la defensa. Toda psicopatología que merezca ese nombre debe partir de ahí. El sujeto, porque no hay clínica sin alguien que padece y se expresa; y la defensa, porque la manera en que cada cual se protege de lo que le conmociona determina, en buena medida, la forma que adopta su pathos. En mi perspectiva, estos dos ejes —sujeto y defensa— son los pilares que sostienen cualquier intento serio de entender la psicopatología.
A partir de ahí, concibo la psicopatología como un campo que se organiza en cinco grandes ámbitos, que van de la simple descripción de las experiencias subjetivas a las preguntas por sus determinantes y causas. En primer lugar, está la semiología clínica, que se ocupa de los signos morbosos y de su jerarquía, es decir, de qué importa más y qué importa menos en un cuadro clínico. En segundo lugar, la nosografía, que describe y clasifica de manera sistemática las distintas alteraciones. En tercer lugar, la nosología, que también describe y clasifica, pero añadiendo ya una teoría general sobre esas alteraciones. Luego viene la patogenia, que intenta articular las manifestaciones clínicas con los mecanismos psíquicos que las sostienen. Y, por último, la etiología, que elabora una especulación coherente y razonada acerca de las causas. En conjunto, estos cinco ámbitos proporcionan una orientación sólida para decidir, en cada caso, cuál puede ser la vía terapéutica más adecuada para cada sujeto.
El método de indagación que propongo es deliberadamente sencillo. Consiste en formular y responder las preguntas clínicas más elementales: de qué sufre/goza (síntoma); cómo y dónde se manifestó (coyuntura, contexto y trama); por qué sufre/goza de eso y no de otra cosa (elección del síntoma conforme a la historia subjetiva); y para qué le sirve ese síntoma del que se queja y goza (función). Son preguntas básicas, antiguas si se quiere, pero insustituibles. No necesitamos grandes artificios conceptuales para iniciar una indagación; necesitamos, más bien, una mirada atenta y una escucha fina que permitan identificar las experiencias subjetivas particulares que hacen posible que la investigación clínica se despliegue.
En resumen, si tuviera que condensarlo: la psicopatología se asienta en el sujeto y en su defensa; se despliega en cinco ramas que van de lo descriptivo a lo teórico; se interroga a través de preguntas clínicas elementales; y se orienta gracias a tres lámparas que permiten leer el pathos en su complejidad. A partir de ahí comienza, verdaderamente, la indagación. El Vocabulario de psicopatología que publicamos en 2023 desarrolla estos principios a lo largo de mil y pico de páginas.

-¿Cómo fue evolucionando la psicopatología?
-Si me remonto a la psicopatología moderna, diría que comienza en el siglo XIX con las obras de Pinel, Guislain, Heinroth y otros autores que establecen su asiento conceptual. A partir de ahí, la disciplina se desarrolla sobre todo en la Europa continental, con figuras como Griesinger, Schüle, Séglas, Kraepelin, Bleuler, Chaslin y varios más. Pero más allá de la cronología, lo esencial para entender cómo evoluciona la psicopatología es captar en esa sucesión lo constante y lo novedoso, esto es, lo que se repite y lo insólito. Desde este punto de vista, y a bote pronto, señalaré dos movimientos constantes y un factor innovador: tres parámetros en total que, desde luego, podrían ampliarse.
Los dos parámetros recurrentes en la historia de la psicopatología, desde el siglo XIX hasta hoy, son la alternancia entre el continuum y la discontinuidad, y la alternancia entre planteamientos que privilegian lo psíquico o lo somático. En lo tocante al factor innovador, me parece evidente que ese revulsivo inesperado es la irrupción imprevista del genio de Freud, cuya obra marca un antes y un después en la historia de la psicopatología.
Como acabo de sugerir, el primer parámetro a tener en cuenta tiene que ver con la alternancia entre continuidad y discontinuidad, o, dicho de otro modo, entre lo uno y lo múltiple. Esta oscilación marca el ritmo interno de la psicopatología desde sus inicios. Para hacerla más comprensible, suelo servirme de una imagen muy sencilla. El enfoque continuista concibe el pathos como una gama de colores que pasa progresivamente del blanco al negro —o de un color a otro— a través de múltiples tonalidades intermedias, sin que en ningún punto se produzca una ruptura nítida. Entre la normalidad más banal y la locura más ruidosa habría así transiciones, matices y gradaciones.
El enfoque discontinuo, en cambio, organiza el campo como un conjunto de cuadros bien delimitados, cada uno pintado con su propio color y separado de los demás por fronteras más o menos claras. Cada cuadro corresponde a una entidad clínica, a una enfermedad mental independiente. El problema es que, cuanto más se afinan los colores, más se multiplican los cuadros y más difícil resulta decidir dónde termina uno y comienza el siguiente.
De lo uno a lo múltiple y de lo múltiple a lo uno: así avanza la psicopatología, y así se reorganiza cada vez que un modelo muestra sus límites. Esta alternancia puede observarse igualmente en la obra de autores posteriores, como Lacan. Su primer modelo es estrictamente discontinuo, categorial o estructural, e inflexible; su segundo modelo, en cambio, más dúctil e inspirado en el nudo borromeo, adopta un punto de vista continuista. Algo parecido sucede con la evolución de los DSM, especialmente del DSM-III al DSM-5, donde se pasa de un modelo categorial, con trastornos específicos e independientes, a una concepción dimensional y más elástica. Estos cambios se deben a las inconsistencias irresolubles que muestran los modelos iniciales o puntos de vista de partida, que, una vez desarrollados, comienzan a evidenciar sus incongruencias internas hasta colapsar, obligándonos a dar paso al modelo contrario. De este modo, en mi opinión, se mantiene la alternancia que recorre la historia de la psicopatología.
Cuando los modelos continuistas fracasan —y siempre fracasan por la misma razón, porque la continuidad tiende a diluir las diferencias y a fomentar la mezcla desordenada, el totum revolutum— son reemplazados por modelos discontinuos centrados en distinguir entidades. Pero estos tropiezan, a su vez, con el problema inverso: las diferencias comienzan a multiplicarse de tal manera que acaban superponiéndose, y aparece entonces el problema de la comorbilidad, lo que suele indicar que la clasificación está mal hecha. A medida que se establecen nuevas fronteras entre estructuras o categorías, sobreviene un forzamiento conceptual que roza el artificio y, con ello, se pierde funcionalidad clínica. El paso del DSM-III al DSM-5 ilustra con claridad este proceso.
Algo similar ocurre cuando, como en el caso de la psicopatología lacaniana, se cuenta únicamente con dos grandes estructuras y se intenta encajar en una u otra casos que los analistas que sostienen esa perspectiva binaria no habían visto con anterioridad. El hecho de forzarlos dentro de una de las dos categorías obliga entonces al uso del martillo. Llegado ese punto —ya sea partiendo de muchas categorías o solo de dos—, cuando en el modelo discontinuo aparece la comorbilidad, es decir, cuando un mismo sujeto puede pertenecer a dos categorías a la vez, suena la alarma que anuncia el reemplazo por un modelo sin fronteras o continuo, destinado a devolver cierta unidad al campo y a eliminar tanto la superposición como el encaje a martillazos.
El segundo parámetro que organiza la evolución de la psicopatología es la alternancia entre perspectivas que sitúan la esencia del pathos en lo psíquico o en lo somático. Ambas se suceden y se mezclan en las distintas teorías patogénicas y etiológicas. Ninguna de las dos logra imponerse de manera definitiva al conjunto de la psicopatología, de modo que, según la época y el autor, el acento se desplaza del funcionamiento mental y sus conflictos hacia los soportes biológicos y sus alteraciones, y viceversa. Esta alternancia ha estado presente desde las polémicas entre Psychiker y Somatiker, y todo indica que seguirá siéndolo, algo perfectamente justificado, puesto que la psicopatología es un territorio amplio que acaba entrelazándose tanto con la patología médica como con el malestar social. En cualquier caso, la historia de la psicopatología puede leerse, en buena medida, como este juego de relevos: cuando una interpretación alcanza su límite, la otra vuelve a tomar la iniciativa.
En mi lectura, lo decisivo no es elegir entre continuidad o discontinuidad, ni entre lo psíquico o lo somático, sino entender que la psicopatología se mueve entre estos polos y que esa oscilación forma parte de su modo de pensar y de corregirse. Como sostengo en el Vocabulario, esta disciplina solo puede avanzar si reconoce la complejidad del pathos, que nunca se deja reducir por completo ni a un principio unitario ni a una proliferación infinita de diferencias, ni a una causa exclusivamente psíquica ni a una orgánica. Precisamente por eso necesita una lectura plural, atenta a lo que permanece y a lo que cambia, a lo que distingue y a lo que une.
Ahora bien, esta perspectiva que acabo de trazar —organizada en torno a esos dos grandes parámetros— sería incompleta si no tuviéramos en cuenta la irrupción de una figura que marcó un antes y un después en la historia de la psicopatología moderna: Freud. Sin él, la psicopatología no habría sido la misma. Freud aportó algo que ninguno de sus predecesores —ni siquiera muchos de los que le siguieron— logró articular con tanta fuerza. Me refiero a la trabazón rigurosa entre las manifestaciones clínicas y la patogenia, es decir, entre lo que aparece en la superficie del cuadro y los mecanismos psíquicos que operan en el trasfondo y determinan que el sujeto invente estos síntomas y no otros. Aportó eso, sin duda. Y aportó algo que no siempre se subraya lo suficiente: el síntoma es, ante todo, una función, una invención del sujeto destinada a reequilibrarse.
Es cierto que el modelo de Freud tiene limitaciones, sobre todo porque reduce el pathos a dos grandes categorías: la neurosis y la psicosis. Como he dicho en muchas ocasiones, la realidad clínica es mucho más exuberante y no se deja encerrar sin forzamientos en solo dos cajones. Aunque estas estructuras estén impecablemente elaboradas, encontramos grandes dificultades para incluir todos los casos —incluso a martillazos— dentro de ellas. La clínica siempre desborda los moldes teóricos, por sólidos que sean.

-¿Qué uso hace Ud. del diagnóstico?
-A mi modo de ver, el diagnóstico es una herramienta fundamental en nuestro quehacer clínico. Sirve para identificar una alteración atendiendo a sus manifestaciones clínicas, ya sean más objetivas —signos— o más subjetivas —síntomas—, y a veces se apoya en pruebas paraclínicas. En nuestra especialidad, el diagnóstico es esencialmente clínico y se realiza hablando y observando al paciente. No es una deducción teórica del tipo: «como tiene bajos los niveles de serotonina, entonces es depresivo»; o «como se da una forclusión del Nombre del Padre, entonces es psicótico». Se basa, en primer lugar, en el conocimiento del pathos que aporta la psicología patológica; se apoya también en la experiencia acumulada y en la variedad de pacientes atendidos; y, cuando uno ya tiene cierta trayectoria, se asienta además en el conocimiento y la experiencia de las distintas modalidades de la transferencia.
Hace ya algunos años, en el libro Estudios de psicología patológica, introduje la noción de doble diagnóstico para subrayar la importancia del diagnóstico en la clínica mental. Con ello quise distinguir entre, por un lado, el diagnóstico general que vale para muchos sujetos parecidos —el diagnóstico de estructura, categoría o tipo clínico— y, por otro, el diagnóstico singular, el que solo vale para un sujeto concreto. Freud era claramente partidario de este doble diagnóstico. A Serguéi Pankéyev, por ejemplo, lo diagnosticó primero como neurótico obsesivo, es decir, estableció un diagnóstico estructural, y después lo nombró el Hombre de los Lobos, su diagnóstico singular.
Con el paso de los años, a esos dos tipos de diagnóstico psicopatológico he añadido un tercero, de índole más terapéutica y clínica. Este tercer diagnóstico apunta a algo muy concreto: con qué soltura se puede hablar con determinado paciente, es decir, hasta qué punto ese paciente permite que perturbemos su defensa, contando, naturalmente, con la potencia de la red transferencial que lo sujeta y que corrige las estupideces que a veces le decimos. Este tercer diagnóstico no es completamente homólogo al estructural, porque la estructura, por sí sola, aunque nos da una orientación, no nos dice con detalle cuánto se le pueden abrir los ojos a un sujeto sin alborotarlo.
En mi caso, este triple diagnóstico está siempre al servicio de la terapéutica. En psicoanálisis —y también en la psicoterapia de orientación psicoanalítica— el diagnóstico adquiere una importancia particular, porque algunos de los pacientes que consultan son locos que no lo parecen. El dispositivo analítico tiene una considerable capacidad de influir, hasta el punto de que, en ciertos casos, puede perturbar el frágil equilibrio de un sujeto y hacerlo bascular, haciendo emerger aquello que estaba contenido. Entonces la psicosis —la locura— puede irrumpir de manera abrupta, como un volcán.
Esta problemática explica por qué el diagnóstico ha tenido tanta importancia en el psicoanálisis desde hace casi un siglo, cuando comenzó a constatarse que el tratamiento analítico clásico podía contribuir al desencadenamiento de algunos pacientes psicóticos que se presentaban con una sintomatología de apariencia neurótica. Jung, Bychowski, Federn y muchos otros, inspirados por Bleuler, hablaron de esquizofrenia o psicosis latente y recomendaron variaciones del método psicoanalítico clásico para evitar males mayores. Lacan se hizo eco de esta dificultad cuando señaló, en el Seminario. Las psicosis, que nada se asemeja tanto a una sintomatología neurótica como una sintomatología prepsicótica.
El caso es que la cuestión del diagnóstico es bastante más compleja de lo que suele pensarse. A mi juicio, después de la primera entrevista —o incluso tras ver a los pacientes en la sala de espera—, con un 70 % de ellos nos figuramos mentalmente un diagnóstico con cierta claridad que, con el paso de los años, solemos mantener, aunque en ocasiones nos equivoquemos; yo, al menos, me equivoco. Pero hay un 30 % de pacientes —a los que, para mis adentros, llamo frágiles— con los que, incluso tras años de trabajo, no acabo de decidirme por un diagnóstico preciso.
Diagnosticar este tipo de locuras normalizadas exige conocer bien al paciente, tener en cuenta un amplio conjunto de experiencias subjetivas y su modo de funcionamiento vital. Con todo ello tendremos indicios —aunque no pruebas— y podremos decir que tal sujeto es frágil. Pero de ahí a diagnosticarlo de psicosis y meterlo en el mismo cajón que al juez Dr. Schreber me parece llevar las cosas demasiado lejos. Esta opinión se basa, en parte, en que mi trabajo cotidiano en la Unidad de Psicoterapia se realiza mayoritariamente con sujetos schreberianos, los locos de toda la vida, de los que hablan con Dios y Dios con ellos. Mi perspectiva, sin duda, puede estar sesgada.
Como decía, el diagnóstico resulta especialmente importante cuando sospechamos que una formación sintomática de apariencia neurótica —o un amontonamiento de síntomas neuróticos— puede estar encubriendo una psicosis. En esos casos tratamos, a menudo, de evitar con nuestra intervención el presumible desencadenamiento, porque el propio tratamiento puede favorecerlo. De ahí la importancia de afinar, hasta donde sea posible, el diagnóstico estructural, aunque eso no siempre sea coser y cantar. Los cuadros situados a medio camino entre neurosis y psicosis —entre Dora y Schreber—, los que mezclan elementos de ambas o incluso aquellos que algunos autores consideran estructuras intermedias, suelen requerir terapéuticas específicas para evitar desencadenamientos psicóticos. Clark, Stern, Federn, Eisenstein, Bychowski y muchos otros recomendaron variaciones técnicas precisamente por este motivo.
Además de las psicosis seudoneuróticas o de apariencia neurótica, existen formas invisibles, rudimentarias, discretas, ordinarias o normalizadas de psicosis, cuyas manifestaciones clínicas combinan síntomas hipomaníacos, depresivos, paranoides y esquizoides. En las historias de estos sujetos a veces es posible localizar episodios de micropsicosis o crisis breves de psicosis francas que se han reabsorbido sin dejar cicatrices importantes ni fracturas en el proyecto vital. También en este tipo de presentaciones clínicas resulta especialmente importante afinar el diagnóstico, siempre que sea posible, porque conviene flexibilizar el método y adaptarlo a cada sujeto, evitando introducir el componente paranoide que puede ser intrínseco tanto al psicoanálisis como a algunas formas de psicoterapia psicoanalítica.
Es una suerte inmensa que Freud escribiera algunos de sus casos. Porque, se esté o no de acuerdo con sus interpretaciones, sus construcciones, sus técnicas y sus diagnósticos, la elegancia de su prosa y la penetración incomparable de su genio nos permiten, un siglo después, seguir con curiosidad la compleja mecánica del funcionamiento mental y entrever algunas de sus leyes.
El estudio de la psicopatología puede ofrecernos claves valiosas para iluminar algunos casos que consideramos inclasificables, es decir, sin lugar en nuestras clasificaciones, pero que encajan sin dificultad en las de autores que no son de nuestra parroquia. Sin embargo, más importantes que nuestros modelos son las personas a las que atendemos. Creo que un buen clínico es aquel capaz de pensar a la vez lo uno y lo múltiple, lo dimensional y lo categorial.
Cualquier paciente al que escuchamos al cabo del día, si soltamos el corsé de las teorías y la estrechez de las clasificaciones, y lo escuchamos con curiosidad —guiándonos solo por las preguntas clínicas básicas, las mismas que se haría un novelista para perfilar un personaje—, estoy seguro de que llegaremos mejor al tuétano de su subjetividad y estaremos en mejores condiciones de echarle una mano.
Si tuviera que cerrar esta entrevista con una sola idea, diría que la psicopatología, por necesaria que sea, no puede convertirse nunca en un sustituto de la escucha. Nos orienta, nos ayuda a no perdernos, nos ofrece mapas útiles; pero el territorio siempre es el sujeto que tenemos delante. Cuando olvidamos esto y nos aferramos demasiado a las clasificaciones y a las teorías, corremos el riesgo de dejar de escuchar y de empezar a reconocer solo aquello que ya sabíamos de antemano. Por el contrario, cuando combinamos el conocimiento psicopatológico con una curiosidad genuina —la del clínico, pero también la del novelista—, la clínica se vuelve más serena, más prudente y, a veces, más eficaz. Al final, de eso se trata: de pensar con rigor, pero escuchar sin prejuicios.

-¿Qué diferencias en salud mental y en psicoanálisis encuentra más llamativas entre Argentina y España?
-Cuando comparo la salud mental y el lugar del psicoanálisis en Argentina y en España, lo primero que se me impone es la gran diferencia en la organización de los dispositivos asistenciales. En España, hace ya varias décadas que se cerraron los viejos manicomios y se sustituyeron por una red amplia de recursos comunitarios integrados en la ciudad y en los pueblos, con atención médica, psicológica y social. Son dispositivos variados, bien articulados dentro del sistema público, que permiten atender una gama extensa de malestares sin necesidad de recurrir a grandes hospitales psiquiátricos. En Argentina, en cambio, los recursos son más escasos y persisten aún los manicomios, que siguen cumpliendo una función central hasta que sean sustituidos por otros dispositivos más integradores. Este contraste refleja dos tradiciones distintas: España ha desarrollado un modelo comunitario extenso, mientras que Argentina conserva estructuras asistenciales de otro tiempo, con menos alternativas intermedias para los pacientes. Y esto tiene numerosos efectos, uno de ellos bastante claro: para la mayoría de los pacientes, el modelo hospitalocéntrico suele ser perjudicial. Ese perjuicio, sin embargo, se ve a menudo contrarrestado por el talento y la inventiva de nuestros colegas argentinos, que, al contar con menos medios, se ven obligados a espabilarse para sacar adelante a sus pacientes.
Un segundo aspecto que siempre me impresiona es la formación clínica. En Argentina observo una base clínica general más sólida, mejor asentada, que permite orientarse con naturalidad en la práctica asistencial. En España, esa formación está garantizada solo para quienes acceden al sistema de especialidades —psicólogos clínicos, psiquiatras y enfermeras de salud mental—, mientras que el resto de profesionales que después se dedican a tareas clínicas, ya sea como psicólogos sanitarios o como psicoanalistas, lo tienen mucho más difícil para adquirir esa experiencia. El acceso a los hospitales está muy restringido y reservado exclusivamente a los futuros especialistas mediante la vía PIR o MIR, es decir, la realización de una residencia hospitalaria durante cuatro o cinco años. Así, la inmensa mayoría de psicólogos —unos poquitos de los cuales se formarán como analistas— acaba formándose en paralelo, sin la exposición clínica continuada que solo proporciona el trabajo en salud mental. Una exposición que incluye, necesariamente, una estancia prolongada en los dispositivos asistenciales más importantes. Esa diferencia se nota en la manera de situarse ante un paciente, sobre todo cuando los cuadros son complejos o graves y hay que intervenir fuera del marco del consultorio.
También hay diferencias relevantes en la psiquiatría. En España, muchas de las plazas de psiquiatría son elegidas por personas que no tenían una vocación inicial por esta especialidad, sino que acceden a ella porque no pudieron optar a otras ramas más cotizadas de la medicina. Esa falta de vocación repercute, más tarde o más temprano, en la calidad de la asistencia y en la forma de pensar la clínica. En Argentina, por lo que conozco, es más habitual que quien elige la psiquiatría lo haga con una orientación clara hacia ese campo, y eso se nota después en la práctica cotidiana.
El tercer punto —y quizá el más llamativo— es el peso del psicoanálisis. En Argentina, el psicoanálisis forma parte de la cultura popular: está en la calle, en las conversaciones, en la universidad y en los hospitales. No todos los clínicos son psicoanalistas, pero una gran parte tiene una formación psicoanalítica sólida, y esa formación orienta su modo de trabajar. En España —y podría extenderlo al resto de Europa— el panorama es muy distinto. El psicoanálisis, socialmente, carece de atractivo; se lo considera un asunto del pasado, una moda ya extinguida, una antigualla precientífica. En la universidad no tiene presencia: aparece, con suerte, como una breve referencia en algún temario histórico. Y en la sanidad pública su lugar es mínimo: la normativa prohíbe de forma expresa la práctica del psicoanálisis como tal. No obstante, existen colegas que, tras formarse como psicólogos clínicos o como psiquiatras, y después de aprobar las oportunas oposiciones y consolidar una trayectoria institucional para la que el currículum psicoanalítico vale cero puntos, han conseguido acceder a una plaza en lo público y mantener allí una orientación analítica. Somos pocos y dispersos. Somos auténticos infiltrados en dispositivos sanitarios que no están pensados para nosotros, pero en los que nos alojamos en calidad de facultativos especialistas, lo que nos da un lugar en el escalafón desde el que se puede hacer mucho. Y gracias a este pequeño grupo, el psicoanálisis aún resuena en algunos lugares, aunque sea de manera discreta, casi clandestina.
Las diferencias en la formación universitaria también son notables. En España, la psicología es una disciplina amplia, con ramas muy diversas —experimental y cognitiva, educativa, social, laboral y organizativa, neuropsicología, forense, comunitaria—, y la sanitaria es solo una más entre ellas. Esta dispersión genera una desconexión profunda entre la formación del graduado en psicología y el trabajo hospitalario. Para ejercer en el ámbito sanitario, los estudiantes deben completar un máster habilitante que les permite trabajar solo en consulta privada. Pero si desean formarse como psicólogos especialistas en psicología clínica, deben superar un examen nacional de acceso a la especialidad, una prueba extremadamente selectiva, para la que muchos dedican varios años sin garantía alguna de éxito. Solo quienes consiguen una plaza acceden al sistema público y se forman durante cuatro años hasta convertirse en especialistas e incorporarse como facultativos especialistas; como es de suponer, en España no hay ningún psicólogo clínico en paro, porque el sistema solo forma a quienes después contratará. La distancia entre la universidad y la clínica real es, por tanto, considerable. En Argentina, por el contrario, el psicoanálisis atraviesa la vida académica y marca, para bien o para mal, la formación de base de los psicólogos y de los futuros psicoanalistas; y la formación hospitalaria está al alcance de la mayoría, aunque sea ad honoren, cosa que aquí en España, está prohibida.


José María Álvarez es Psicoanalista miembro de la AMP, Doctor por la Universidad Autónoma de Barcelona, Especialista en Psicología clínica y tutor-coordinador del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid, formador de residentes PIR y MIR. Es uno de los fundadores de La Otra psiquiatría y uno de los tres Alienistas del Pisuerga, con quienes ha editado ocho volúmenes de clásicos de la psicopatología. Autor de más de noventa publicaciones sobre psicopatología y psicoanálisis, y de varios libros, en especial de La invención de la enfermedades mentales (4.ª ed., Gredos, 2017); Fundamentos de psicopatología psicoanalítica (Síntesis, 2005), junto con R. Esteban y F. Sauvagnat; Estudios sobre la psicosis (Xoroi Edicions, 2013); Las voces de la locura (Xoroi Edicions, 2016) con Fernando Colina, Estudios de psicología patológica (Xoroi Edicions, 2017), Hablemos de la locura (Xoroi Edicions, 2018) y Principios de una psicoterapia de la psicosis (Xoroi Edicions, 2020). Director del Vocabulario de psicopatología (2 vols., Xoroi Edicions, 2023).