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3 DE SEPTIEMBRE DE 2026 | DEL MALESTAR AL MODO DE GOCE

Cuando el síntoma no es una falla

En psicoanálisis, el síntoma no constituye simplemente aquello que debe ser eliminado. Desde Freud hasta Lacan, su estatuto fue adquiriendo nuevas dimensiones: formación del inconsciente, expresión de un conflicto, satisfacción pulsional y, finalmente, una modalidad singular de goce. Escuchar el síntoma supone entonces interrogar aquello que insiste más allá de la voluntad del sujeto y preguntarse por la función que cumple en su economía psíquica.

Por Mónica Torres
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El síntoma como pregunta

Cuando alguien consulta porque algo no funciona, suele hacerlo desde una posición aparentemente sencilla: hay algo que molesta y que quisiera que desapareciera. Una inhibición, una angustia, una repetición, una dificultad en los vínculos, un padecimiento que retorna una y otra vez. El síntoma aparece, inicialmente, como aquello que interrumpe la vida cotidiana.

Sin embargo, para el psicoanálisis, esa interrupción no es un fenómeno puramente accidental. El síntoma tiene algo para decir, aunque ese decir no sea transparente para quien lo padece.

Desde Freud, el síntoma dejó de ser considerado únicamente como un signo de enfermedad para convertirse en una formación que porta una verdad subjetiva. El síntoma se encuentra ligado a aquello que el sujeto no sabe de sí mismo y que, sin embargo, retorna bajo una forma que puede resultar enigmática.

De allí que el trabajo analítico no consista simplemente en suprimir la manifestación sintomática. Se trata, más bien, de hacer lugar a la pregunta por aquello que el síntoma pone en juego.

Freud: el síntoma entre conflicto y satisfacción
El descubrimiento freudiano introduce una paradoja decisiva: aquello que hace sufrir al sujeto puede, al mismo tiempo, proporcionarle una satisfacción.

En sus primeros desarrollos, Freud concibe el síntoma como resultado de un conflicto. Una representación, un deseo o una moción pulsional que no puede acceder directamente a la conciencia encuentra una vía sustitutiva. El síntoma aparece así como una formación de compromiso entre fuerzas en conflicto.

El síntoma dice algo, pero lo dice de manera deformada.
Por eso puede ser leído. Al igual que el sueño, el lapsus o el chiste, participa de la lógica de las formaciones del inconsciente. La interpretación permite entonces seguir las huellas de aquello que se encuentra reprimido.

Pero la experiencia clínica lleva a Freud a encontrarse con un obstáculo: no todo en el síntoma se deja reducir a un mensaje que espera ser descifrado.

Hay algo que insiste.
Incluso cuando una interpretación permite localizar el sentido de una formación sintomática, puede persistir aquello que hace que el sujeto vuelva a tropezar con el mismo punto. La repetición introduce así una dimensión que excede el desciframiento.

En “Inhibición, síntoma y angustia”, Freud vuelve sobre esta cuestión y permite ubicar una dimensión del síntoma ligada a la satisfacción pulsional. El síntoma no solamente expresa un conflicto: también constituye una solución, aunque sea una solución que puede resultar penosa para el sujeto.

Esta dimensión será fundamental para los desarrollos posteriores del psicoanálisis.

Del síntoma que molesta al síntoma que sostiene
Aquí aparece una cuestión que resulta especialmente importante para la clínica: ¿por qué alguien continúa haciendo aquello mismo de lo que se queja?

La pregunta no apunta a responsabilizar moralmente al sujeto ni a suponer que “elige” conscientemente su padecimiento. Se trata de localizar una satisfacción que puede operar por fuera de la voluntad y del reconocimiento consciente.

El síntoma puede ser aquello de lo que alguien quiere liberarse y, simultáneamente, aquello de lo que no puede desprenderse.

Esta paradoja permite pensar que el síntoma no es solamente un obstáculo. Puede constituir también un modo de organización subjetiva.

En este punto, el psicoanálisis se distancia de una concepción que entiende el padecimiento exclusivamente como un déficit que debe ser corregido. No se trata de negar el sufrimiento que produce un síntoma, sino de interrogar qué función tiene para ese sujeto particular.

No hay, entonces, un síntoma idéntico a otro.

Dos personas pueden presentar manifestaciones aparentemente similares y, sin embargo, encontrarse implicadas subjetivamente de maneras completamente diferentes.

Lacan y el síntoma como verdad
Lacan retoma la herencia freudiana y coloca al síntoma en relación estrecha con el lenguaje y el inconsciente.

El síntoma puede ser leído porque está estructurado por una dimensión significante. Algo se articula allí, aunque el sujeto no sepa inicialmente qué.

En este primer momento de su enseñanza, el síntoma aparece fuertemente ligado a la dimensión de la verdad. Aquello que no puede ser dicho de manera directa retorna bajo una formación que interroga al sujeto.

Por eso la clínica psicoanalítica no se orienta simplemente a hacer callar el síntoma. Allí donde aparece una formación sintomática, se trata de escuchar.

El síntoma introduce una pregunta allí donde el sujeto esperaba encontrar únicamente una solución.

Pero la enseñanza de Lacan no permanece en esta concepción. El desarrollo de su pensamiento lleva a acentuar cada vez más aquello del síntoma que no se agota en su dimensión de sentido.

El síntoma como goce
En los últimos desarrollos de Lacan adquiere un peso decisivo la dimensión del goce.

El síntoma ya no puede pensarse únicamente como una formación que contiene un mensaje a descifrar. Hay en él una satisfacción pulsional que insiste y que no desaparece simplemente porque haya sido interpretado su sentido.

Mónica Torres señala precisamente este desplazamiento: de un síntoma pensado como falla en el funcionamiento hacia una concepción en la que el síntoma puede ser entendido como un modo de funcionamiento, incluso como un “arreglo”.

La formulación resulta paradójica. ¿Cómo aquello que hace sufrir puede ser también un arreglo?

Porque el síntoma puede cumplir una función para el sujeto. Puede permitirle sostener determinada relación con los otros, con su cuerpo, con el deseo y con el goce.

Esto no significa idealizar el síntoma ni afirmar que el sufrimiento sea necesario. Significa reconocer que aquello que aparece como un problema puede estar cumpliendo una función que no resulta evidente.

La clínica psicoanalítica se orienta precisamente a descubrir cuál es esa función en cada caso.

¿Curar el síntoma?
La pregunta por la cura adquiere entonces otra dimensión.

Si el síntoma fuera simplemente una falla, bastaría con eliminarla. Pero si constituye una formación subjetiva que articula sentido y satisfacción, su desaparición no puede pensarse de manera tan sencilla.

El objetivo de un análisis no consiste necesariamente en alcanzar una existencia sin síntomas. La experiencia analítica puede producir una transformación en la relación que el sujeto mantiene con aquello que lo hace sufrir.

Esto implica un desplazamiento importante: de la pregunta “¿cómo hago para que esto desaparezca?” hacia otra pregunta posible: “¿qué lugar ocupa esto en mi vida?”.

No se trata de resignarse al padecimiento, sino de modificar la posición desde la cual el sujeto se encuentra tomado por él.

En este sentido, la clínica psicoanalítica no promete una normalización de la existencia. Trabaja, más bien, con la singularidad.


Hay algo particularmente propio del síntoma: su insistencia. Puede cambiar de forma, desplazarse, adquirir nuevas manifestaciones, pero algo retorna. El sujeto puede reconocer que aquello que sucede hoy tiene una relación con escenas, elecciones o modalidades de vínculo que se repiten desde hace tiempo.

La repetición no significa necesariamente que una persona haga exactamente lo mismo. Puede tratarse de una misma posición subjetiva que reaparece bajo circunstancias diferentes.

El análisis introduce allí una posibilidad: que aquello que se repetía sin saberlo pueda comenzar a ser interrogado.

Pero incluso después de atravesar una parte importante del trabajo de desciframiento, permanece una dimensión que no se reduce al sentido. Es justamente allí donde el último Lacan permite pensar el síntoma en relación con el goce y con el modo singular en que cada sujeto habita su existencia.

Hacia el final de su enseñanza, Lacan formula la idea de “saber hacer” con el síntoma. No se trata de dominarlo completamente ni de eliminarlo.

Se trata de otra relación con aquello que constituye la modalidad singular de cada sujeto.

El síntoma deja entonces de ser solamente aquello contra lo cual se lucha para convertirse también en algo con lo que hay que arreglárselas.

Esta perspectiva modifica incluso la idea misma de un final de análisis. No se trataría de alcanzar un estado de armonía absoluta en el que desaparecieran el conflicto, la repetición o el malestar. Más bien, se trataría de producir una transformación en la relación del sujeto con aquello que no puede simplemente eliminar de sí.

Mónica Torres vincula esta perspectiva con la identificación al síntoma y con la formulación lacaniana del “saber hacer allí” con él.

El síntoma puede ser entonces aquello que cada uno tiene que aprender a tratar de una manera propia.

Una clínica de la singularidad
En una época en la que proliferan respuestas rápidas para eliminar el malestar, el psicoanálisis sostiene una posición diferente.

No todo padecimiento puede reducirse a una categoría general. No toda angustia tiene la misma causa. No toda inhibición cumple la misma función. No toda repetición responde a una misma lógica.

La singularidad no es un detalle secundario: constituye el centro de la experiencia analítica.

Por eso el síntoma no puede ser abordado únicamente desde aquello que presenta hacia afuera. Es necesario escuchar cómo se inscribe en la historia del sujeto, qué palabras lo acompañan, qué escenas se repiten y qué satisfacción puede estar comprometida allí.

El síntoma habla, pero también goza.

Entre ambas dimensiones se despliega buena parte de la clínica psicoanalítica.

Pensar el síntoma desde Freud hasta Lacan implica abandonar una concepción exclusivamente negativa del mismo.

El síntoma hace sufrir, pero también organiza. Es una formación que puede ser descifrada, pero contiene una dimensión que excede el sentido. Es aquello que el sujeto quisiera hacer desaparecer y, al mismo tiempo, aquello que puede funcionar como una solución singular frente a lo imposible.

Quizás allí se encuentre una de las diferencias fundamentales entre el psicoanálisis y otras formas de abordar el malestar: no apresurarse a eliminar aquello que molesta antes de haber escuchado qué función cumple.

Porque cuando el síntoma insiste, no solamente señala un problema.

También señala un modo singular de estar en el mundo.

Referencias bibliográficas
Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. Obras Completas, tomo XX. Amorrortu Editores.
Freud, S. (1915). Pulsiones y destinos de pulsión. Obras Completas, tomo XIV. Amorrortu Editores.
Lacan, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos I. Siglo XXI.
Lacan, J. (1975-1976). El seminario, Libro 23: El sinthome. Paidós.
Torres, M. (2001). “De la identificación al síntoma y retorno”. Virtualia, Revista digital de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Nº 2.
Bertholet, R. (2019). “Freud y la clínica del síntoma”. Psicoanálisis en la Universidad, Universidad Nacional de Rosario.


Mónica Torres es psicoanalista argentina, vinculada a la orientación lacaniana. Es Analista Miembro (AME) de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). También fue presidenta de la EOL y ocupó distintos cargos dentro de la institución.

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