La época acelerada también tiene sus efectos sobre los vínculos sexoafectivos. Si nos detenemos un ratito nomás podemos observar que existe un exceso de discursos sobre el amor o, más bien, manuales atiborrados de palabras para nombrar el malestar amoroso.
En redes sociales, en podcasts, en conversaciones cotidianas, el amor parece estar permanentemente analizado, explicado y advertido. Ejemplo de esta circulación de discursos es el vocabulario casi “técnico” para nombrar distintas experiencias amorosas: gaslighting, ghosting, love bombing, red flags, etcétera.
Este lenguaje promete algo: si sabemos identificar las señales, podríamos evitar el sufrimiento en el amor. O sea, si detectás las red flags, no te pueden lastimar; si aprendes a poner límites, no vas sufrir y si “tenes amor propio’, vas a elegir mejor y así el amor funcionará. Con este manual pedagógico para el amor pareciera que estamos ‘armados’ para y contra el mal amor.
No es menor en este punto pensar las ansiedades que producen la época acelerada, el avance del tecnocapitalismo; en este sentido Eva Illouz sostiene que el capitalismo y la cultura mediática transforman las expectativas amorosas, generando una tensión entre ideal romántico y lógica de mercado.
La experiencia clínica y cotidiana muestra otra cosa. Las personas “saben cada vez más” sobre vínculos amorosos, pero no sufren menos, es más, diría que crece el padecimiento por no encontrar a la persona “adecuada”. Y muchas veces incluso ocurre lo contrario: la persona reconoce perfectamente lo que está pasando, puede nombrarlo, explicarlo, autodiagnosticarlo y aun así permanecen en el vínculo.
Esta paradoja abre una pregunta central: ¿por qué se insiste en relaciones que sabemos que tienen un efecto de sufrimiento y padecimiento para el sujeto?
La pregunta no es nueva para el psicoanálisis y menos para la filosofía. Lo novedoso, digamos, es que estos discursos están insertados y atravesados por una época acelerada.
Son discursos de ‘prevención’ sobre el amor que propone una especie de “alfabetización” de los afectos. Las acciones a tomar son conocidas y están por todos lados; aprendé a detectar manipuladores, reconocé vínculos tóxicos, no toleres faltas de respeto, elegí relaciones sanas, querete más.
Por un lado, la dimensión más óptima del tema es que visibiliza dinámicas vinculares que son patológicas -lo que hoy llaman relaciones toxicas- y da cierta visibilidad sobre modos relacionales que durante siglos fueron naturalizados e invisibilizados. En ese sentido, podría propiciar la invitación para acercarse a un análisis y poder hacerse una pregunta en relación al deseo. Posibilidad de repensar que lo tóxico es la lavandina si la tomás, no las relaciones.
Por otro lado, inyecta una creencia muy poderosa: que se puede evitar el dolor causado por un amor si se sabe lo suficiente. Y aquí se formula un problema; el amor no funciona según la lógica del conocimiento racional, no amamos por cálculo. Hay una porción del amor que no es explicable, precisamente allí donde se intrincan el deseo y la pulsión, que escapan a la lógica del consciente.
Freud afirma que el amor está atravesado por procesos inconscientes que escapan al dominio del yo, “El Yo no es amo en su propia casa”. Una de sus frases más poderosas que han tocado el ego de la humanidad. Más adelante dirá que la elección amorosa suele estar marcada por determinaciones inconscientes ligadas a la historia infantil del sujeto (Freud, 1912, “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa”). No elegimos solo a una persona, sino también elegimos un lugar en una escena psíquica.
Uno de los malentendidos más frecuentes hoy es creer que estas advertencias bastan para modificar algo del vínculo amoroso. Y la clínica psicoanalítica muestra repetidamente lo contrario.
Freud (1920) propone otra lectura a partir del concepto de repetición. Parafraseándolo dice que los sujetos tienden a repetir experiencias incluso cuando producen sufrimiento. O sea: no se trata de una búsqueda de placer.
Se trata de algo más complejo: una insistencia que empuja a reproducir ciertas escenas, dice: “El enfermo no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo actúa.” (Freud, 1920, “Más allá del principio del placer”)
Es decir, el sujeto no recuerda conscientemente aquello que lo determina, sino que lo repite en la experiencia. En el campo amoroso se vuelve muy visible: personas que cambian de pareja, cambia el nombre, cambia el rostro, pero la estructura del vínculo permanece porque el amor siempre está atravesado por la historia del sujeto.
Hay una escena muy común, que escuchamos siempre, alguien le dice a un amigo/a: “Salí de ahí” y el sujeto lo sabe pero no puede irse, no sale. Es que el problema no es que no lo sepa, sino que ese saber no alcanza para reestructurar su deseo.
Desde el psicoanálisis podemos pensar que allí hay también una elección amorosa, no es a pura “mala suerte”. Esto no significa que la elección sea deliberada. Significa que algo en la historia del sujeto orienta su deseo sin que él lo sepa. El amor (aun en la adultez) reactualiza posiciones subjetivas tempranas. Por eso puede tener algo de familiar, incluso cuando produce malestar. Lacan afirma: “Amar es dar lo que no se tiene a quien que no es”. Podemos decir que el amor no se dirige solo a la persona, sino a algo que el sujeto proyecta en ella. De modo tal que el otro se vuelve soporte de fantasías, ideales y expectativas inconscientes. Por eso el amor no responde a una lógica racional. Uno puede saber que alguien no es conveniente y aun así desearlo.
Estas relaciones suelen llevar al sujeto a escenas de maltrato psicológico y violencia (o violencias), que cada vez son más y crecen día a día. Lo interesante del psicoanálisis es que pone sobre relieve una pregunta distinta: ¿qué lugar ocupa el sujeto en aquello que se repite?
No se trata de culpa. Se trata de responsabilidad subjetiva, la cual no significa haber querido conscientemente estar en un “mal amor”, sino darse el lugar a dejar interpelada la propia posición subjetiva en el vínculo. Única manera posible de que se produzca un viraje en el sujeto ya que si el problema queda siempre por fuera, no hay forma de reestructurar sus deseos.
Florencia González es psicoanalista. Autora de “Lo incierto” (2001).